La noche de infarto que protagonizó el Madrid en el Bernabéu puso a prueba el nivel de sufrimiento de más de uno. También en el palco. Ya respiran todos tranquilos en el club esperando el rival en el sorteo del viernes. El equipo blanco jugará las semifinales de Champions por séptimo año seguido. Gracias a los goles de Cristiano (de los siete que lleva esta temporada en Europa, cinco los ha marcado en esta eliminatoria) y gracias también a la gestión de Zinedine Zidane.

El año pasado cogió un equipo moribundo en enero cuyo objetivo era pasar los octavos contra la Roma y se proclamó campeón. Este ha armado un grupo que se ha acostumbrado a sufrir y que siempre consigue sacar las castañas del fuego. Muchos siguen hablando de él como de un aprendiz al que le sobra flor y al que le faltan conocimientos tácticos. Le avalan, sin embargo, los resultados (77 partidos, 57 victorias, 15 empates y 5 derrotas) y la gestión del grupo y de los egos, algo esencial en un club como el Madrid.

Los que le ven trabajar a diario en la Ciudad Deportiva hablan de él como un técnico “extremadamente meticuloso” en la preparación de las sesiones de trabajo y en la atención por los detalles. Destacan, sobre todo, la ilusión con la que cada mañana sale a dirigir los entrenamientos. Incluso en los parones internacionales cuando sólo tiene a un grupo reducido de jugadores. Nunca se ha cansado de repetir que hace lo que más le gusta en el mundo, que tiene mucha suerte y que por eso lo disfruta tanto. Por eso, también, sorprendió que en víspera del derbi dijera que no tenía claro que seguiría la próxima temporada. “No se ha cansado de entrenar”, apuntaron rápidamente desde el club.

“Estoy orgulloso de todos los jugadores. Hemos sabido sufrir y mantener por momentos la cabeza fría. Yo quería ser entrenador para vivir estos partidos. Se viven muchas emociones y cuando era futbolista pensaba revivirlas como técnico”, contaba Zidane el martes después de eliminar al Bayern en la prórroga. Ante las quejas arbitrales dijo que el Madrid había marcado seis goles en los dos partidos y que eso era mérito suficiente para clasificarse (en el cómputo global de la eliminatoria, los blancos remataron a puerta 23 veces por 5 del rival).

Zidane, aunque no juegue, a veces habla como si fuera uno más. Vamos a hacer esto, hemos hecho lo otro… Siempre en plural. Acaba los partidos cansado como si hubiese jugado y repasa las acciones más importantes ya en el vestuario antes de comparecer ante los medios. Pese a esa empatía y cercanía, aseguran que en el vestuario marca los limites e intenta mantener un equilibrio en la relación con los futbolistas. “Les habla poco, lo justo y lo adecuado”, dicen desde Valdebebas. Eso sí, se esmera para hacerlos sentir importantes. Haberlo conseguido, además de proclamado, es uno de sus mayores logros desde que llegó al banquillo en enero de 2016.

Ha convencido a Cristiano Ronaldo de que no tenía porque jugar todos los partidos. Ha controlado los enfados de James —al que llamó en Navidades después de que se llevara un tirón de orejas por parte de sus compañeros por decir, después de ganar el Mundialito, que quería jugar más y que tenía varias ofertas— y los malestares de Isco y Morata.

Molesto por los continuos rumores sobre las salidas de ambos, el técnico intentó apagar los fuegos. “Se entrenan muy bien y están contentos aquí y van a ser importantes”, ha repetido siempre. Isco, que lleva tiempo reclamando más minutos, terminó diciendo después de la victoria contra el Sporting que Zidane está “llevando la planilla de forma extraordinaria”.

Plantilla enchufada

El francés ha hecho de un grupo de 24 jugadores una plantilla capaz de responder cuando la ha necesitado. Las segundas líneas (Casilla, Kovacic, Lucas, Nacho, Asensio, Morata, etc.) han ido sustituyendo a los titulares sin que el equipo perdiera puntos. En el Calderón el Madrid ganó 0-3 sin Kroos, Casemiro, Pepe y Ramos. En el Camp Nou plantó cara al Barcelona sin Kroos y sin Bale… El martes eliminó al Bayern sin Pepe ni el galés. En cuanto a Cristiano, este curso llega al tramo final sin tener que apretar los dientes.

“He hecho un cambio radical este año, en las últimas 4-5 temporadas he llegado siempre al límite, este año me he preparado para estar bien en los dos últimos meses”, dijo el portugués en Múnich. A San Siro, el año pasado, llegó entre algodones. Se perdió la ida de las semifinales por un problema muscular. El año de la Décima forzó para jugar (medio cojo) la final después de que el cartílago de la rodilla le diera problemas en abril y mayo. Este año (que empezó más tarde por la lesión en la Eurocopa) ha accedido a dosificarse, a escuchar los consejos del entrenador y del preparador físico y medir las prioridades.

¿Huele a Duodécima?, le preguntaron al portugués después del triplete marcado al Bayern. Se le dibujó una sonrisa en la cara. “Todavía no, pero ojalá que sí”, contestó. Los jugadores tienen la motivación extra de ser los primeros en conseguir dos Champions seguidas.elpaisdemadrid